Artista Plástica

Biografía

Nació en Gral. Paz -Ranchos- Provincia de Buenos Aires. Actualmente está radicada en Temperley.

Estudió en los Talleres de los Profesores Angel Fadul y Angel Leonardo en las disciplinas de dibujo , pintura, composición y teoría del Arte. Su formación se realizó junto al Maestro Miguel Caride.

Desde 1998 expone en diversos museos y salas de cultura obteniendo premios y menciones.

Presentó muestras en salones nacionales y municipales, en la Ciudad de Buenos Aires y provincias argentinas; reciviendo notas en revistas de arte de criticos internacionales.

Es socia fundadora de Surarte-Artistas Visuales (1998 - Lomas de Zamora - Buenos Aires). Actualmente integra el "Grupo Crear" de Lomas de Zamora.

Premios:

Las pinturas de Mabel Wallasch.


Los motivos y las ideas de estos trabajos no exhiben una temática unificadora, pero eso lejos de impedir la valoración de su obra, acentúa el propósito de su arte pues lo que verdaderamente da sentido a su quehacer es esa imperiosa necesidad de expresar a través de la pintura su capacidad estética. Y lo logra por cierto en imágenes que hablan de una armonía compuesta de forma y color.

Las composiciones de Mabel Wallasch comulgan teniendo entre si patrones especiales que permiten reconocer su originalidad e identificar en plenitud a su autora.

El que observa, pasando casual o expresamente frente a estas obras puede sumergirse en el remanso de esos colores tenues y figuras amparadas en sus propias formas, sabrá reconocer que todavía existen pinturas que merecen ser vistas.Cecilia Ríos de Galli. Lic. en Historia de las Artes Plásticas.

"Toda la obra de Mabel, obedece a sus sentimientos, aunque aflora en su paleta de colorido irreal y en las figuras, algo de esa fantasía mística, que le da gran personalidad; de carácter fuerte y siempre ansiosa de hurgar el alma de sus semejantes, sabe escuchar y acepta opiniones, pero no se dobla. El motor principal de su pintura es el sentimiento." Maestro Hector Bonino.

Mabel Wallasch, paisajes oníricos, colores sensuales, sublimación de la composición.

Paisajes oníricos, que surgen del mundo de los sueños, calmos, sensuales, elaborados con determinación sutil, casi como una sugerencia, como si se tratara de una caricia, reduciendo el detalle, dando importancia al color, fomentando la disposición geométrica de los elementos de la temática. Escenas rurales, suburbios, paisajes entrañables de pueblos ubicados al lado del mar. La figura de Jesucristo, bodegones entrañables, composiciones sugerentes, que insinúan quedamente que nos adentramos a un mundo de paz, donde reina la armonía, en el que no se conoce el desorden.

En realidad se trata de una pintura que capta mundos oníricos, procedentes del subconsciente, a través de los sueños.

El filtro de la memoria de la artista actúa con preponderancia, con determinación y evidente predisposición. Se trata de hilvanar planteamientos en los que todo atisbo de violencia es eliminado, reducido a la nada, porque solo hay una predisposición calmada, casi ingenua, natural, sencilla, pero no simple, de escenarios que oscilan entre lo ideal y paradisíaco a otros que son reales como la vida misma pero contemplados con determinación onírica, sutil, introduciendo una actitud evanescente, singular en lo efímero, casi de glamour calculado, para hacernos olvidar los problemas de la propia dinámica de la existencia.

Trabaja en óleo sobre tela, sin emplear excesiva materia, introduciendo un planteamiento cálido, sensual, sugerente, específico en cierta manera, casi sin pretender distorsionar la senda de regocijo que marcan los dioses dévicos.

Predominan los colores azules, verdes y marrones. Verde esmeralda, verde de las montañas, intenso, cálido, perfumado, con un aire de voluptuosidad que cautiva al espectador, que lo encierra en su propia área, en su dinámica más vitalista. Nutre la tierra, los campos, montañas y hasta el cielo. Verde azulado del cielo, que se dirige a los albores de la composición, cruzándose con los azules, al compás del pincel.

La ingenuidad predomina en un entorno de gran predicamento, en el que lo indígena, las gentes sencillas de campo, los ancestros, la presencia de los espíritus sin mencionarlos ni plasmarlos se convierte en el pan de cada obra. Busca la ausencia de radicalidad, suaviza los rigores del clima, emplea el azul del cielo y del mar para darle aspecto espiritual y sutil, casi evanescente a sus composiciones de paisaje. Especialmente sugerente es la pintura titulada el ?Faro de San Antonio?. Gama de azules intensos, que desgranan su atracción, permitiéndose el contraste, que surge de la constatación de la esencia de la realidad.

Hay un trasfondo de pureza espiritual que domina en toda su producción, que revela un alma sutil, surgida de la contemplación, de la serena mirada interior que se vehicula hacia el exterior a través de la pintura, procurando no irrumpir con brusquedad en el escenario. Todos sus personajes poseen una visión interior, una mirada austera, reconvertida en sí misma, dotada de inspiración divina, porque no parecen pertenecer al planeta sangre, a la ilusión biológica, sino que los presenta como si fueran una extensión de su propio pensamiento que viaja a través de los sueños.



Nota: texto realizado para la Exposición de Mabel Wallasch en Hipólito Restó & Arte.

Joan Lluís Montané - De la Asociación Internacional de Críticos de Arte